carta a un amor ausente



era de noche y estaba oscuro. la luz no era más que un recuerdo ausente de la jornada y el naranjo del cielo en su ocaso, se besaba con las estrellas que nacían en el nuevo firmamento.

caminé por el largo pasillo que me llevaba hacia el tocador y prendí la luz. apoyé mi mano en la manilla de bronce antigua y la giré esperando recuerdos.

corrí la ropa doblada sobre el taburete y me senté mirando al infinito, de lado y con una pierna en alto, como esperando algún llamado que me sacara de mi estado de sopor.

tomé mi pelo en un moño enmarañado, me saqué las perlas y las dejé con el resto de mis joyas, mientras el rímel de mi ojo izquierdo marcaba líneas borrosas y oscuras.

me enderecé y quedé frente a frente al espejo, me miré en él y dibujé una sonrisa al recordarte.
te amaba como si fuera finito el mundo y sentía tu caminar por el largo corredor, como si quisieras observarme por entre la puerta que nos separaba.

sentía el rastro de tu perfume a medida que caminabas acercándote, como si fueras real y te bebí sorbo a sorbo. te recordé más que nunca ese momento, me hiciste falta para secar la lágrima que rodó amargamente por mi mejilla.

estaba sola frente al gran espejo y la casa era demasiado grande para una sola persona. podía escuchar mi respiración y mi alma sufriente por necesitarte, pero por más que quería abrazarte, tú no venías.

la lámpara del dormitorio tendía a moverse cada vez que pensaba en ti, haciéndome creer que realmente éramos dos en ese momento aciago.

sentada en esa habitación, escuchando la lluvia, bebía mis lágrimas y fumaba un cigarrillo. te esperaba, como los amantes se esperan en el andén del tren, sabiendo que los dueños de sus besos se marchaban por los rieles, para no volver, mientras se quedaban fantaseando quimeras, imaginando que en ese mismo lugar de paso, se harían presentes. Así te esperé años: sola, sentada en el tocador, soñándote y amándote tras las tinieblas.

el pijama de satín rojo que me habías regalado aquel invierno se pegó a mi piel, ya que era uno de los pocos recuerdos tuyos a los que podía aferrarme materialmente. Tu perfume se desvanecía con el tiempo y tu rostro se tornaba borroso con los años, mientras el mío se añejaba y se dibujaba con surcos imborrables.

el espejo de mis desventuras seguía siendo testigo de mis pesares, y cómplice de tu partida. toto en uno de sus costados, aún podía resguardar gran parte de la sala. en primer plano fotografiaba mi rostro descolorido y tras él se podían apreciar los recuerdos de tu estadía ausente, como tu sombrero de copa y tu bastón de ébano, que permanecían en el mismo lugar que los dejaste la última vez, como queriendo congelar ese momento en el que sabía que ibas a regresar. hoy, miro esos objetos como un recuerdo de que partiste, como una ofrenda echada al mar.

los días se fueron tornando más grises y las golondrinas no anidaron más en mis entrañas, caían las hojas perennes que no debían y mi vida se llenaba de desvaríos y oximorones. contigo me vestía de metáforas y frases bellas; ese día, ausente, el frío invadía mis huesos y los corroía.

te lloré hasta que mi cuerpo se secó y por él pasaron las estaciones, los días y los meses, refugiado entre frazadas de colores y uno que otro té para la pena.

han pasado los años, ha llegado el invierno y han florecido los cerezos. los poemas siguen escribiéndose y las fotos se tornan grises, como mis cabellos. mi corazón se aprieta al pensarte y llora melodías mundanas que fueron nuestras, canciones de amor y melancolía, paisajes sureños y anhelos de otoño. todo lo fuiste tú, todo.

por las noches, al dormir, abrazo mi almohada y la ato a mí, como queriendo poseerte, pero ya no estás y sin ti, son frías y largas, como la agonía.

pazcrovetto

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historia escrita por @pazcrovetto

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